Por: Carlos Eduardo Pérez Crespo
Uno de los asuntos más interesantes que vengo siguiendo desde hace muchos años es el tema del liberalismo. Siempre he abordado este horizonte de pensamiento en cursos como Pensamiento Político Moderno (UARM 2012-2), Pensamiento Político Contemporáneo (UARM 2012-1) e Introducción a la Ciencia Política (PUCP 2010-2011). No puedo decir que el liberalismo sea un tema que me obsesiona. No lo es en absoluto. Pero en los recientes años he podido acumular información y experiencia en la gama que abarca dicho pensamiento en el caso peruano. Uno de los asuntos más claros dentro del horizonte liberal es la diferencia entre el liberalismo académico y el liberalismo real. Pasaré a explicar esto en dos puntos generales.
Con el liberalismo académico nos referimos a las definiciones y los personajes del mundo liberal ligados al claustro universitario. Dichos exponentes son principalmente docentes o intelectuales que han adoptado ciertas ideas liberales a todas luces anglosajonas, pero con una serie de matices por supuesto. Podemos resumir este liberalismo académico en lo que hace unos meses se distinguió como "liberales de derecha" y "liberales de izquierda". No me parece adecuado nombrar personas, porque la distinción de ideologías por individuos me es irrelevante (en ese sentido, sí estoy mucho más de acuerdo con Louis Althusser). Pero podemos situar la distinción en este sentido: los liberales de derecha han adoptado las ideas del constitucionalismo, los derechos humanos y el libre mercado, priorizando la autonomía, la libertad de expresión y la autorrealización como motor del desarrollo y el crecimiento en las sociedades contemporáneas. Por otra parte, los liberales de izquierda estarían de acuerdo en esos mismos puntos, pero con un mayor énfasis en la igualdad y la distribución de la riqueza. Es decir, los liberales de izquierda apostarían por una mayor importancia sobre el rol del Estado en la transformación social y la inclusión social. Más aún si en realidades como las del Perú y América Latina.
Desde hace muchos años vengo escuchando y leyendo la trillada búsqueda de que liberales de derecha y de izquierda se sienten, como en un café parisino, a tomar una auto-consciencia histórica-hegeliana de sí mismos y, después de ello, formar una alianza política estratégica contra enemigos "comunes". En ese sentido, se dice que estos enemigos son los movimientos autoritarios, clasistas, radicales y populistas. El llamado de los liberales, en resumidas cuentas, es que no importa si uno está más o menos a favor del mercado o el Estado, lo importante es " defender el modelo democrático-liberal". Pero la situación no es tan sencilla.
Este liberalismo académico, como su propio nombre lo dice, es estrictamente un debate de "cafetín", con nombres y apellidos específicos y sin ningún impacto en la arena política, social o empresarial del día a día. Más aún, ninguno de estos liberales, sea de derecha o de izquierda, realmente representa a un grupo importante del electorado peruano. Y esto se explica por una razón muy sencilla: el liberalismo intelectual peruano es tan académico que no tiene ni partido, ni movimiento social, menos aún organización política o económica. No representan a la CONFIEP, ni a los sindicatos, ni a las asociaciones de productores, ni a grupos regionales específicos, ni si quiera a las ONG's (como algunos podrían pensar). Sólo representan una posición muy particular que en los medios de comunicación se difunde, se elogia o se "twittea", pero que no va más allá del discurso. Es un pensamiento sin acción; es decir, un liberalismo "teórico": un vaso de agua medio vacío, o medio lleno; un paraguas poroso, un ceviche sin ají. Las analogías abundan.
Si esa es la situación del liberalismo académico, entonces dónde se encuentra el liberalismo real. Tomando en cuenta los puntos anteriores, el liberalismo real existiría en lo que Hernando de Soto y Matos Mar ya han descrito desde hace muchos años atrás: en los sectores populares emergentes. Pero no sólo en ellos, sino también en las empresas medianas y grandes. Pero, como toda realidad es más compleja que la teoría, fue lo que más aprendí del profesor Guillermo Rochabrún, el liberalismo real -y encima a la peruana- no funciona como las teorías de Popper, Von Hayek o Von Mises; y menos aún como Walzer, Isaiah Berlin o Judith Shklar. El liberalismo peruano está mucho más cerca a ese liberalismo tan primario y precario que describió hace muchas décadas Adam Smith: es un liberalismo profundamente economicista, corto-placista, egoísta y, en su mayoría de veces, que responde a la oferta y la demanda. Es un liberalismo, que aunque no parezca en la teoría, se mueve en la realidad con la mano invisible del mercado.
En ese sentido, sociológicamente podemos decir que las ideas liberales clásicas están siendo adoptadas como nociones y sentidos comunes precarios dentro de las empresas pequeñas que, por ejemplo, pasan del mundo de la informalidad a la formalidad. Pero también dentro de las empresas medianas y grandes, en donde cada vez más se valora la importancia de la libertad de empresa para el desarrollo nacional. Pero como imaginarán, hay un gran ausente en este liberalismo real: el Estado de Derecho. Y es que dentro del mundo de las empresas y los negocios, el liberalismo constitucionalista surge como el marco legal en el cual deben cumplirse las reglas de juego del mercado y del derecho anglosajón. En ese sentido, las grandes corporaciones son las que más han asimilado el liberalismo tanto económico como legal, ya que hay más consciencia de la importancia de la transparencia en los informes financieros contables, el cumplimiento de las auditorias y la tributación hacia el Estado peruano. Es por eso que son las grandes empresas las que más hablan del mercado y el Estado de Derecho.
Sin embargo, en el mundo empresarial micro y pequeño, las nociones normativas y constitucionales del liberalismo económico no han sido asimiladas del todo por una sencilla razón: es muy difícil cumplir las normas y ser competitivo al mismo tiempo. En ese sentido, la informalidad como cultura y como acción económica aún se mantiene en el mundo empresarial emergente, por lo cual siempre hay formas creativas de esquivar la ley: doble facturación, evasión fiscal, etc. Pero ese es el horizonte liberal real que se sigue tejiendo y que pujantemente se ve día a día en el terreno de la calle, los centros comerciales minoristas, los conos de las ciudades y el comercio ambulatorio. Si uno quisiera conocer este liberalismo incipiente y creciente, basta con ir a comprar (no a visitar) a Gamarra o el mercado de productor hebanistas en Villa María del Triunfo. Aunque, personalmente, creo que donde se ve esta ferocidad con más vitalidad es en el mercado de Huamantanga en Puente Piedra. Vaya que este distrito dará mucho que hablar en los próximos años, porque su asimilación del capitalismo citadino es tan brutal y despiadado que hasta el mismo Adam Smith se sorprendería de los resultados de su teoría económica.
Para terminar, hace poco le pregunté a un pequeño comerciante ambulatorio qué era para él la libertad. Sinceramente esperé una respuesta trivial. Pero todo lo contrario. Me lo resumió así: "que me dejen trabajar y que me dejen ser yo mismo". Aunque él no lo sepa, su concepción de la libertad está muy cerca al concepto de "libertad negativa" de Benjamin Constant. Todo eso quiere decir que el horizonte liberal en el Perú debe construirse de abajo hacia arriba, no desde las teorías hacia la realidad.