lunes, 20 de mayo de 2013

EL INTELECTUAL IGNORADO Y/O SUBTERRÁNEO

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"En homenaje a los caídos en el anonimato"


Por: Carlos Eduardo Pérez Crespo


Conozco muchos intelectuales ignorados. Creo que la mayoría de los que conozco son excluidos por los medios de comunicación y los medios de difusión de las redes sociales. A ninguno de ellos los publican en editoriales importantes. Tampoco comparten sus escritos por Facebook y menos aún en Twitter. De hecho, nunca he visto que ninguno de ellos haya causado una discusión coyuntural importante en donde estén involucrados uno o más especialistas sobre un tema político, económico o cultural. A medida que voy avanzando en mis estudios independientes veo cómo a estos intelectuales los hunde mucho más el olvido. 

A nadie le importa sus argumentos y ellos, ciertamente, ya perdieron el interés en que sus ideas ganen eco entre los medios de difusión masivo. Sólo un grupo de allegados o interesados en temas específicos los conocen. Es casi como una cultura "subte" de la intelectualidad. Pero he tenido la suerte de poder acercarme a algunos de ellos y aprender mucho más en nuestras conversaciones que en todas las clases a las que haya podido asistir en mi corta vida. Son gente muy culta, autodidacta, que ha vivido muchas experiencias y que es libre de pensamiento porque sus ideas no están sujetas a ninguna institución política, académica o económica. Realmente son mentores, similares a Sócrates o Jenofonte. 

Tengo algunas hipótesis de por qué este tipo de intelectuales es ignorado. Para empezar ninguno de ellos pertenece a un pensamiento "políticamente correcto". En opinión de ellos, sus ideas no encuentran cabida en ningún lugar, ya que no suelen tener ningún apego o aprecio por la democracia, el libre mercado y mucho menos por los roles políticos-partidarios. Es un rebelde crítico, escéptico y que vive de medios ajenos al mundo de lo académico o intelectual. En segundo lugar, no han publicado libros, artículos o textos importantes, porque simplemente todo lo que producen lo tienen para sí mismos. Lo cual es un problema porque sólo un grupo muy cercano logra acceder a lo que en secreto van descubriendo en sus propias investigaciones. Y, por último, no suelen estar en las redes sociales. En nuestros días es casi evidente que las personas que no están en Facebook o Twitter son casi inexistentes. Y esto se aplica a rajatabla para ellos, ya que no suelen tener presencia alguna en estos medios y tampoco les interesa ser visibles. 

Lo que me causa mayor curiosidad de los intelectuales subterráneos es que no son medidos con la importancia que creo deberían tener. Es decir, cada vez que escucho a los que tienen aires de grandeza o superioridad, por aparecer en los medios de comunicación, no puedo evitar preguntarme a mí mismo por qué estos intelectuales no están hablando allí en vez de un pelele que sólo repite discursos trillados, chapuceros, monótonos y políticamente correctos que finalmente no aportan nada a la intelectualidad o crítica social. En cierto sentido sorprende y confunde la paradoja de la intelectualidad. Pero cuando me pongo a pensar que muchos de los más grandes pensadores del s. XX murieron y vivieron en la total ignorancia, regresan mis esperanzas de que algún día muchos conocerán las obras y el pensamiento de todos aquellos intelectuales que desde el anonimato lucharon contra lo políticamente correcto. Definitivamente los analistas políticos coyunturales son los primeros que quedarán en el olvido. Al menos eso espero. 
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viernes, 17 de mayo de 2013

EL OTRO CONSENSO DE LIMA

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Por: Carlos Eduardo Pérez Crespo

El Otro Consenso no sólo acontece en Lima, sino en todo el Perú. El Otro Consenso es entre las élites y las mayorías de los sectores populares, quienes están de acuerdo en que el país viene creciendo de manera sostenida en los últimos años, superando así varios récords en lo que se refiere a la estabilidad macroeconómica. El Otro Consenso está de acuerdo en que la pobreza ha pasado de estar en más de 50% en el 2002 a 25% en el 2012, según cifras oficiales del INEI. Y también el nivel de desigualdad según el indicador de GINI. El domingo 17 de mayo el profesor Levitsky escribió un interesante artículo sobre la existencia de un feroz Consenso de Lima, similar al Consenso de Washington, en el cual las élites políticas y económicas en Lima no aceptan ningún cambio en el modelo económico liberal vigente. Asimismo, hace una comparación de cómo en otros países de América Latina esto es excepcional, debido a que el Estado tiene un rol importante en el mercado y no se ve ese tipo de reacciones como en el caso Repsol. Para un grupo de analistas el caso Repsol evidencia el poder real de la derecha peruana y, por defecto, de los empresarios. El análisis del profesor Levitsky es certero. Sin embargo, desde otro punto de vista, es decir el de las empresas privadas, los últimos sucesos en Repsol demuestran el poder real y potencial que actualmente tiene el Estado peruano en el mercado y la economía en general.

Siempre he pensado que uno de los mayores problemas del análisis del mundo empresarial es que los estudios sociológicos, por ejemplo los de Francisco Durand, están demasiado enfocados en los empresarios -vale decir, los personajes con nombres compuestos y que juegan Golf- y no en cómo funcionan por dentro las empresas y las corporaciones peruanas. En ese sentido, lo que más le preocupa a estas empresas es que la competencia sea desleal y no equitativa, lo cual reduce dramáticamente las utilidades. El poder del Estado en el caso de Repsol se hizo evidente cuando la CONFIEP estuvo de repliegue por una sencilla razón: cuando el Estado peruano decide incursionar como accionista mayoritario en un sector económico importante, como es el de la energía, no hay empresa, monstruo ni animal descubierto por la ciencia que pueda hacerle frente. Lo hizo una vez con Velasco y despedazó la economía. Lo hizo nuevamente con Alan García en los ochentas y terminó por hundirnos en los niveles más bajos de pobreza. 

Pero este poder potencial y omnímodo del Estado no sólo pasa en el Perú, es un fenómeno que puede verse en los casos de PDVSA en Venezuela y PETROBRAS en Brasil, que actualmente funcionan como empresas que atienden políticas sociales asistencialistas -construcción de casas para los más pobres-, siendo entidades que al final se configuran como la "caja chica" de los gobiernos populistas de turno. La ineficiencia de este tipo de empresas estatales es bastante evidente. En ese misma línea, el Estado peruano también tiene el poder de promulgar leyes o decretos de urgencia que beneficien a sus empresas públicas, sea con el control de precios, la regulación de la competencia y la oferta y la demanda de bienes o servicios. Ha pasado en casos como el de Petroperú y sus políticas para las licitaciones petroleras; pero también en el caso de Electroperú y la política de regulación de los precios para empresas distribuidoras de energía eléctrica y sus redes de transmisión de medio y bajo voltaje. En ese sentido, el temor es que el Estado peruano no suele promover una competencia justa, más aún porque éste contiene muchas redes de clientelismo y favoritismos dentro de sí. Hacer negocios con el Estado es complicado; no imposible, pero complicado al final de cuentas. 

¿Debe el Estado participar de los grandes negocios del sector energía? Por supuesto que sí. El Otro Consenso de las empresas privadas es que el Estado debe ser un socio estratégico que invierta en la infraestructura y facilite las mayores inversiones, debido a que este modelo de crecimiento está demostrando generar mayor empleo y beneficios sociales -pese a lo que vienen diciendo lo detractores de la izquierda desde hace 20 años. Sin embargo, este consenso importante entre las empresas y las mayorías en el Perú es que no es conveniente que el Estado sea accionista mayoritario, debido a que tiene muchas limitaciones para gestionar de manera eficaz los recursos y para mejorar la productividad y calidad a estándares internacionales. No decimos que no pueda hacerlo; solo decimos que aún no está preparado. Lo mejor en nuestro contexto es que el Estado peruano sea, como pensaba Francis Fukuyama, de poco alcance pero de alta fuerza. Es decir, un Estado que no trata de cooptar la mayor cantidad de empresas estratégicas pero que es muy eficiente en la aplicación de las leyes que promueven el libre mercado. Pequeño pero fuerte; no grande, lento  paquidérmico y débil. 

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jueves, 9 de mayo de 2013

LA COMPRA DE REPSOL: ¿LE CONVENÍA AL ESTADO PERUANO?

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Por: Carlos Eduardo Pérez Crespo

El contexto

En la década de los 60's se expandió en América Latina el modelo de la ISI (Industrialización por Sustitución de Importaciones), que estuvo inspirado en las teorías de la dependencia que planteaban que la soberanía política de los países latinoamericanos sólo era posible con una mayor autonomía hacia los capitales extranjeros, principalmente, de los EEUU. El modelo de la ISI planteaba que el Estado debía tener una participación más activa en el mercado de bienes y servicios, pero también en el mercado financiero. En términos económicos, esto quería decir que el Estado podía aumentar o disminuir la oferta de dinero a través del Banco Central y también aumentar la demanda interna a través de la disminución de los precios de los bienes básicos. Sin embargo, con la crisis económica de los 80's en América Latina, conocida en la literatura como la "década perdida", este modelo de intervencionismo entró en crisis sobre todo por la crisis de la OPEP, por lo cual se inició en toda la región un proceso de liberalización económica que significó la privatización de las empresas públicas en desfalco, la flexibilización de las leyes laborales y el replanteamiento de los derechos sociales y la seguridad social.

La Refinería

Siendo este el contexto, el Perú inició en la década de los 90's un fuerte impulso de modernización económica y financiera. Como consecuencia de este nuevo modelo de liberalización, las industrias estratégicas de producción fueron vendidas a capitales privados. Algunas de las empresas públicas fueron vendidas a precios muy bajos, como es el caso de la empresa pública de telefonía. Pero una de las ventas más importantes fue el de la industria de Refinamiento de Petróleo. ¿Qué es una refinería? En resumidas cuentas, es una planta de procesamiento del petróleo para la producción de sus derivados comerciales, como la gasolina, el gas y los aceites ligeros, todo ello a través de un proceso de destilación de alta ingeniería. 



En el Perú existen tres principales empresas de Refinamiento: Refinería la Pampilla, adquirida en 1996 por Repsol, Refinería Talara, propiedad de Petroperú desde 1917 y Refinería Conchán, también propiedad de Petroperú desde 1954. No obstante, la Refinería la Pampilla es la más grande del Perú, con la mayor capacidad diaria de producción y de almacenamiento de crudo y con la mayor capacidad de consumo de energía eléctrica para su capacidad instalada. Es por esa razón que muchos defensores de la compra de la Pampilla vieron esta posible compra del Estado peruano como un retorno del Estado a una posición estratégica en la industria energética, debido a que de concretarse  las negociaciones Petroperú habría sido el dueño casi absoluto de la producción y distribución de los derivados del petróleo. 


Los resultados financieros de la Pampilla

Lo que en teoría parecía interesante y estratégico para el Estado, no se reflejaba en los resultados financieros de La Pampilla. Habría que aclarar que Repsol tiene cuatro principales unidades negocios en el mercado peruano: Repsol Exploración, que consiste en la actividad de perforación para hallar el crudo; Repsol Gas Natural, principalmente la venta de Gas Natural Licuado (recientemente vendido a la Shell); y Repsol distribución y venta de gasolina en los grifos. Pero de todos ellos los más rentables son la distribución de gasolina en los grifos y la exploración y perforación -que tiene una inversión de USD 50 millones y puede lograr proyectos de USD 800 millones. Si analizamos los Estados Financieros, podemos notar que en el Estado de Ganancias y Pérdidas del 2012, Repsol muestra una clara disminución de su rentabilidad debido a su menor utilidad bruta y neta en el período anual. De este modo, las ventas de la Pampilla se incrementaron en el período 2012, pero su costo de ventas también aumentó un 11% en relación al 2011. Por esa razón, la utilidad bruta disminuyó en 50% en relación al año anterior. Pero lo más importante es que la utilidad neta de la Pampilla en el 2012 fue de USD 29,503 (en miles), es decir, en el período anual la rentabilidad después de impuestos se redujo 70%.  




No obstante, los resultados más interesantes son los ratios financieros de la Pampilla. Los bancos utilizan estos análisis para evaluar el riesgo crediticio, la solvencia y el estado financiero de las empresas. Hemos aplicado estos ratios al Balance General 2012 de Refinería La Pampilla, con lo cual hemos obtenido los siguientes resultados: 

Fuente: Elaboración Propia en base a los Estados Financieros de Repsol: http://www.repsol.com

Los resultados nos muestran dos tipos de análisis: la solvencia y la rentabilidad. En el primer caso queremos medir cuánto puede endeudarse la empresa; en el segundo se mide cuánto está ganando realmente la empresa por cada unidad monetaria invertida. El análisis de la solvencia nos muestra que la Razón de Endeudamiento (Pasivos/Activos) ha empeorado en el período 2012, debido a que por cada S/. 1.00 invertido, la Pampilla tiene que pagar como deuda a terceros S/. 0.628, por lo cual corre el riego de no pagar nuevas deudas contraídas en el largo plazo. Asimismo, su capacidad de pago en el corto plazo, Razón Ácida, también ha empeorado de 1.104 a 0.823, por lo cual su capacidad de hacer pagos con liquidez en el corto plazo es menor que en el 2011. Del mismo modo, sus posibilidades de invertir Capital en el corto plazo también ha empeorado en el último año, lo cual quiere decir que es peligroso para la empresa el ingresar a nuevos negocios con medianos niveles de riesgo. 

Sin embargo, el punto más importante para afirmar que la compra de Repsol no le convenía al Estado peruano es el de la rentabilidad. El margen de utilidad (Utilidad Neta/Ventas) ha disminuido dramáticamente en el último período, con sólo un 0.63% de utilidad sobre el total facturado por la empresa. Del mismo modo, el resultado más interesante es el del Rendimiento del Capital (Utilidad Neta/Capital), es decir el porcentaje que ganan los accionistas por cada unidad monetaria de Capital invertido, debido que éste ha bajado de 42.30% a 9.87%. Es decir, desde el punto de vista de los accionistas, las inversiones en la Pampilla son menos rentables que en el 2012, por lo cual el negocio no es para muy atractivo.

¿El regreso del estatismo?

En el plano de los números la inversión del Estado Peruano en la Refinería la Pampilla a todas luces no era conveniente. Era un mal negocio. Pero lo interesante de este caso es que despertó la discusión acerca de si el Gobierno de Humala retomaba el plan de la Gran Transformación al querer ser accionista de empresas estratégicas de energía. Desde nuestro punto de vista es exagerado plantear que esta intención de compra de una Refinería se presente como un viraje al chavismo o el kichnerismo. Para empezar, la decisión parece haber respondido a un interés por fortalecer la presencia de Perupetro en el mercado de los combustibles, debido a que la fluctuación de los precios viene afectando a los usuarios y en rendimiento mismo de la mencionada empresa estatal. No obstante, de haberse concretado la compra de los activos de Repsol, los resultados en el plano político y económico habrían sido negativos. 

En primer lugar, es importante resaltar que en teoría no es descabellado pensar que el Estado pueda ser accionista de las empresas estratégicas, como actualmente sucede en los países europeos y también en los BRICS. Pero el problema real en el caso peruano es que el Estado es un muy mal administrador e inversionista. El mayor temor de los empresarios no es la compra de activos del Estado, sino el hecho de que en el Perú esto ha producido en el pasado redes burocráticas de corrupción y clientelismo, lo cual termina afectando a las empresas proveedoras de materiales y de servicios, que en la actualidad compiten en las reglas del libre mercado. En segundo lugar, el Estado peruano, con sus procesos largos y engorrosos, no ha demostrado nunca en su historia republicana el tener perspectiva empresarial de competencia a niveles internacionales. ¿Mejoraría el desempeño de la Pampilla con un Estado como el que tenemos? Difícilmente, sino imposible. Finalmente, el temor de la compra de activos de Repsol ha estado muy marcado por lo que es el contexto Latinoamericano. En el caso de Argentina el gobierno de Cristina Kichner decidió expropiar YPF, la otrora principal empresa estatal petrolera. De hecho, los resultados tan malos de la Refinería en el 2012 se deben en gran medida a las ingentes pérdidas que tuvo la empresa después de esta expropiación. A diferencia de nuestros vecinos, en el Perú aún no se escuchan voces sobre la expropiación de empresas; y es que el período velasquista demostró que estas medidas no contribuían al desarrollo económico, la distribución de la riqueza ni la disminución de la pobreza. 


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domingo, 10 de marzo de 2013

LA REVOCATORIA: ¿UNA BOFETADA PARA LA IZQUIERDA LIBERAL?

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Por: Carlos Eduardo Pérez Crespo

Hace muchos meses publicamos un artículo donde explicábamos el porqué de la revocatoria a Susana Villarán. Recibí comentarios bastante críticos al respecto, ya que muchos tomaron mis argumentos como exagerados y apocalípticos. Nuestra posición se resumía en lo siguiente: 

"Sin embargo, los liberales democráticos, de derecha e izquierda, tienen un gran problema que se ve reflejado en la gestión de Villarán: están totalmente desconectados de los sentidos comunes del mundo popular. Por el contrario, los sectores políticos más autoritarios de izquierda y derecha han logrado conectarse con las masas (...) El problema de fondo es que la gestión municipal es percibida como frívola, elitista y clasemediera. La mayoría de limeños, y más aún los de sectores D y E, considera que los principales problemas de la capital son el transporte y la inseguridad. Pero ante esto la alcaldesa ha visualizado más las obras que sintonizan con la minoría de clase media que vive en el centro económico limeño (Jesús María, Pueblo Libre o Miraflores) y no con la semiperiferia y periferia de la capital: Comas, El Agustino e Independencia".
  
A sólo una semana del proceso de revocatoria debemos decir que no nos equivocamos al proyectar estos resultados, y eso es porque hay una constante en la política peruana. A diferencia de los colegas politólogos, quienes presuponen que la política está muy teñida por el azar, se debe reconocer que en la política peruana hay ciertos patrones que se van manteniendo. Uno de ellos es el fracaso de los proyectos liberales de izquierda. El primer gran fracaso fue la purga en el gobierno de Humala, quien terminó por eliminar a los líderes de izquierda cuando se pensaba que él sería el "Lula Peruano". El segundo fracaso es el hecho de que el modelo económico inaugurado con las políticas económicas de los noventas está teniendo mucho éxito. Recordemos que la izquierda siempre ha sido escéptica porque argumenta que este sistema nos lleva a la pobreza y la miseria, por ser un capitalismo salvaje y excluyente. El crecimiento de la clase media y la lenta pero constante reducción de la pobreza en el Perú es una bofetada para las banderas que la izquierda viene defendiendo desde los noventas. Más aún, el MEF ha proyectado que el crecimiento este año seguirá por encima del 6%. El tercer gran fracasó será, definitivamente, la revocatoria de Susana Villarán porque demostraría que la izquierda liberal está muy bien para el análisis político, el liderazgo de opinión y la intelectualidad, pero aún no está preparada para gobernar: es decir, para practicar la gestión, la negociación y el cálculo político realista.




A diferencia de los colegas de izquierda, debemos enfatizar que el fracaso constante de su proyecto no se debe a su falta de pragmatismo o su falta de organización. Tampoco se debe a las luchas ideológicas internas o los líos personales que terminan destruyéndolos por dentro. El fracaso constante de la izquierda se explica por tres principales factores. Simples pero contundentes. 

En primer lugar, es difícil para el electorado peruano y las mayorías diferenciar entre un proyecto de izquierda moderno y otro tradicional y acartonado. Aquí la izquierda tiene el problema de que dentro de ella misma hay matices y extremismos. El mayor de ellos fue definitivamente Sendero Luminoso. Muchos el día de hoy asocian izquierda con terrorismo, justamente porque quien más habló de Marx o Lenin, y quien más levantó la bandera roja y el discurso de izquierda en el Perú, ha sido Abimael Guzmán. Y los liberales de izquierda tampoco han ayudado mucho a que se les diferencie. ¿Una izquierda moderna realmente se une a grupos antimineros como Tierra y Libertad?  Es criticable y paradójico llamarse liberal de izquierda y al mismo tiempo apoyar el sabotaje al proyecto Conga en Cajamarca, en el cual se estima que 6 mil perdieron sus empleos y que las pérdidas de inversión ascienden a los 600 millones de soles. 

Pero todo eso se explica porque, en segundo lugar, la izquierda peruana tiene una pelea de antaño contra el libre mercado. A diferencia del Perú, en países como Uruguay, Brasil o Chile la izquierda está reconciliada con las empresas privadas y los grandes capitales. No luchan contra ellos. Por el contrario, hay un énfasis mucho mayor en la responsabilidad social y la justicia. La aplicación del pensamiento de Michael Porter sobre el "Shared Value" (Valor Compartido), la Responsabilidad Social y la ISO 26000 es mucho mayor. Es una izquierda que apoya el libre mercado y el gran capital, pero que le exige desarrollo social sostenible en el largo plazo. Por el contrario, en el Perú muchos discursos de la izquierda liberal son ambiguos, ya que dicen no estar contra el capital privado, pero en circunstancias dadas no condenan con energía las banderas anti-imperialistas o los discursos estatistas importados desde la Venezuela chavista. Muchos de estos militantes de izquierda incluso estuvieron contra el ALCA, luego contra el TLC y ahora tienen una postura crítica contra la minería. ¿Qué beneficio político les ha traído estas luchas? Ninguno, por el contrario, han ayudado a reforzar su imagen de doble discurso con respecto a los principios económico-liberales fundamentales.




En tercer lugar, y ese es el punto más importante, la izquierda no tiene experiencia alguna en gestión. Uno de sus mayores errores es pensar que la experiencia en gestión sólo se adquiere en la gestión pública. Pero la verdad es que no tienen capacidad de gestión porque la mayoría de sus líderes trabajan para las ONG's y las universidades. Y en estas instituciones no hay una gestión en el sentido real de la Administración Estratégica porque sólo tienen experiencia en la administración del gasto, pero no en la gestión para la producción. De este modo, muy pocos de ellos tienen la experiencia que necesita la política. Son buenos profesionales, sin lugar a dudas, pero inexpertos. Y eso es porque, como hemos argumentado anteriormente, la política también puede aprenderse a través del mundo de los negocios. Pero la izquierda está aislada totalmente del mundo de los negocios y ese es su problema más grave. Por el contrario, en Chile o Brasil hay socialistas y hasta comunistas trabajando como gerentes de corporaciones. Y no hay ningún problema con ello. Por el contrario, los vuelve grandes gestores con mucha sensibilidad social: son grandes tomadores de decisiones porque conjugan el interés de la empresa con el interés social. Recordemos que según la teoría de la administración, sólo los gerentes toman decisiones, mientras que los demás sólo realizan tareas. Eso los convierte en una verdadera izquierda liberal: es decir, una izquierda empresarial. 

Finalmente, hace poco hubo una entrevista a un colega politólogo en donde manifestaba que los polítólogos no podíamos dar predicciones sobre el desenlace de la consulta de Revocatoria. A todas luces resulta cuestionable que los politólogos pasen tantos años de estudio desarrollando modelos científicos para estudiar lo político y que no puedan predecir o dar alcances mucho más exactos sobre un proceso electoral. Hace unos años hicimos aquí un análisis de los resultados electorales del 2011 a la luz del análisis de las clases sociales en Lima Metropolitana. Tomando en cuenta ese análisis, que es válido para hoy también, es muy probable que el triunfo de la revocatoria sea mucho más amplio que lo que muestran las últimas encuestas. Y eso se explica por una sencilla razón. Las clases populares, de los segmentos C, D y E, le han dado la espalda al proyecto liberal de izquierda.

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domingo, 3 de marzo de 2013

LA FILOSOFÍA COMO PUNTO DE LLEGADA, NO DE PARTIDA

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Por: Carlos Eduardo Pérez Crespo


Pocos saben que antes de estudiar ciencia política quise estudiar filosofía. De hecho ingresé a esa carrera y estuve mentalizado los dos primeros años de mis estudios de humanidades en que esa sería mi profesión. No sabía bien por qué ni para qué iba a estudiar ello. Al inicio me tenía sin cuidado. Pero a medida que iba terminando mis cursos para entrar a la facultad, el cuestionamiento era mucho mayor: “¿es la filosofía una profesión? Y si en caso lo es, qué es lo que hace y cuál es su aporte a la sociedad”.  

Una limitación que tuve era que mi modelo de referencia de un filósofo estaba muy ligado a la concepción de los antiguos: una persona que se dedicaba a la reflexión y contemplación. Y eso se debe a que mi primer contacto con la filosofía fue a través de Platón. El primer texto de filosofía que leí fue “Fedro”. Luego de ello siguió  “El Banquete”. Recuerdo que siendo apenas un cachimbo regresé caminando desde la universidad hasta mi casa intentando leer “El Discurso del Método” de Descartes. Pero el texto se me hacía muy extraño y raro, porque no sentía a las personas de carne y hueso en él. Era como si me estuviera hablando a mí mismo, pero no filosofando en el sentido originario que había encontrado en los textos de Platón.

En ese sentido, llegué a concluir muy prematuramente que la actividad filosófica sólo podía ser posible en el ocio. Y vaya que me convencí más de ello cuando leí a Thomas Hobbes decir lo siguiente: “leisure is the mother of philosophy”. Poniendo las cosas en ese sentido, me percaté poco a poco de que había una distancia muy grande entre la enseñanza de la filosofía como análisis de libros o textos, y lo que era propiamente la enseñanza de experiencias  procesadas filosóficamente. Es decir, no es lo mismo un profesor que te explica lo que quiso o no decir Hegel en un párrafo de su libro sobre la "Fenomenología del Espíritu", que un maestro que te enseña el sentido de la libertad en experiencias que él mismo ha vivido en carne y hueso, pero procesadas y racionalizadas filosóficamente a través Kant y Hegel. Hay un abismo muy grande entre estas dos actividades: el primero es básicamente un profesor; el segundo es un sabio o un maestro –en el sentido originario que siempre ha tenido esta palabra.

Otro punto del que me percaté antes de seguir con la carrera de filosofía era que la filosofía no podía estar ni en las aulas ni en la universidad. Si de verdad me interesaba la labor filosófica tenía que estar más bien fuera de lo académico y mucho más cerca de la experiencia. Era tal y como los antiguos habían pensado que era la labor filosófica: una actividad ligada a la acción política o ética, para luego recién desenvolverse en la contemplación. Es evidente que mis amigos filósofos de profesión no compartirán esta visión de las cosas, debido a que hay modelos de filósofos contemporáneos que se dedican a la investigación y enseñanza de los textos filosóficos. Pero en realidad considero que estos importantes filósofos de profesión son fundamentalmente docentes, no necesariamente filósofos (aunque no descarto que estos dos puedan complementarse).

En ese sentido, ser filósofo no debía ser, en mi opinión, una carrera profesional. Noté que la universidad y las aulas degeneraban, en cierto sentido, la actividad del filósofo porque lo vuelve un esclavo de la docencia. El pensamiento necesita su momento especial. Necesita de ocio, de tranquilidad. Pero las clases son angustiantes: hay que prepararlas, corregir exámenes, asistir al dictado y repetir todo esto en muchos lugares más, debido a que para sobrevivir como filósofo de profesión hay que dictar en cuanta universidad sea posible. Esto de ninguna manera puede parecerse a lo que los filósofos antiguos tenían como modelo de vida. Aunque luego me puse a pensar que quizás el problema real era que la filosofía como profesión sí podía existir en sociedad desarrolladas, como la europea o norteamericana, pero no en el Perú. Más aún porque en el Perú la prioridad no es la filosofía, sino las actividades para el crecimiento y la producción, debido a que somos un país en vías de desarrollo. 

Para estar seguro de que la carrera de filosofía no era conveniente para mí, tenía que sacarme el clavo leyendo un texto que para mí era mítico. Aproveché al máximo mis clases de pregrado en filosofía para afrontar el texto que tenía la respuesta a mis dudas: “Así Habló Zaratustra”, de Nietzsche. Cuando leí las primeras páginas del texto e imaginé a Zaratustra descendiendo de las montañas, más que las interpretaciones del sabio que viene a decirle al mundo lo estúpido que es, me puse a pensar que Zaratustra sí se había esforzado por ser un filósofo en el sentido que yo siempre había imaginado. Es decir, una persona que entendía que la filosofía era una experiencia espiritual que, de alguna manera, estaba alejada de lo mundano y lo inmediato. No sabía si lo que Zaratustra había concluido en sus refranes era cierto o no. Pero la sola idea de lo que intentó hacer me hacía pensar que su vida misma era un intento de hacer filosofía.  

Sólo después de ello me di cuenta de que la filosofía, tal y como la había entendido siempre, no podía ser para mí un punto de partido, sino más bien un punto de llegada. Tenía que estudiar otras cosas, explorar muchos caminos, vivir muchas experiencias e ir procesando poco a poco de manera vital e intensa todo ello a través de mis propias lecturas filosóficas. No tenía ningún interés en ser un profesor de historia de la filosofía. Tampoco en analizar lo que los filósofos quisieron o no decir en sus libros. Siempre pensé que los filólogos eran mejores para ello. 

Por último, tampoco confié nunca en que la realidad de la teoría filosófica debía aplicarse al mundo real. Una vez un amigo filósofo tuvo la iniciativa de hacer un portal web o blog para que funcionara como un Ágora. Eso fue mucho antes del Facebook. Como imaginarán, no tardó mucho tiempo para que su Ágora se convirtiera en una guarida de trolls y argumentos falaces sin sentido. Todo ello me indicaba que los textos filosóficos no podían aplicarse como un manual a la realidad. Y eso es porque la filosofía no es una profesión, sino un sistema de vida que uno va descubriendo poco a poco y con mucho sufrimiento. En eso estoy mucho más de acuerdo con Dante Alighieri.  
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miércoles, 27 de febrero de 2013

DEL LIBERALISMO ACADÉMICO AL LIBERALISMO REALMENTE EXISTENTE

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Por: Carlos Eduardo Pérez Crespo

Uno de los asuntos más interesantes que vengo siguiendo desde hace muchos años es el tema del liberalismo. Siempre he abordado este horizonte de pensamiento en cursos como Pensamiento Político Moderno (UARM 2012-2), Pensamiento Político Contemporáneo (UARM 2012-1) e Introducción a la Ciencia Política (PUCP 2010-2011). No puedo decir que el liberalismo sea un tema que me obsesiona. No lo es en absoluto. Pero en los recientes años he podido acumular información y experiencia en la gama que abarca dicho pensamiento en el caso peruano. Uno de los asuntos más claros dentro del horizonte liberal es la diferencia entre el liberalismo académico y el liberalismo real. Pasaré a explicar esto en dos puntos generales. 

Con el liberalismo académico nos referimos a las definiciones y los personajes del mundo liberal ligados al claustro universitario. Dichos exponentes son principalmente docentes o intelectuales que han adoptado ciertas ideas liberales a todas luces anglosajonas, pero con una serie de matices por supuesto. Podemos resumir este liberalismo académico en lo que hace unos meses se distinguió como "liberales de derecha" y "liberales de izquierda". No me parece adecuado nombrar personas, porque la distinción de ideologías por individuos me es irrelevante (en ese sentido, sí estoy mucho más de acuerdo con Louis Althusser). Pero podemos situar la distinción en este sentido: los liberales de derecha han adoptado las ideas del constitucionalismo, los derechos humanos y el libre mercado, priorizando la autonomía, la libertad de expresión y la autorrealización como motor del desarrollo y el crecimiento en las sociedades contemporáneas. Por otra parte, los liberales de izquierda estarían de acuerdo en esos mismos puntos, pero con un mayor énfasis en la igualdad y la distribución de la riqueza. Es decir, los liberales de izquierda apostarían por una mayor importancia sobre el rol del Estado en la transformación social y la inclusión social. Más aún si en realidades como las del Perú y América Latina. 

Desde hace muchos años vengo escuchando y leyendo la trillada búsqueda de que liberales de derecha y de izquierda se sienten, como en un café parisino, a tomar una auto-consciencia histórica-hegeliana de sí mismos y, después de ello, formar una alianza política estratégica contra enemigos "comunes". En ese sentido, se dice que estos enemigos son los movimientos autoritarios, clasistas, radicales y populistas. El llamado de los liberales, en resumidas cuentas, es que no importa si uno está más o menos a favor del mercado o el Estado, lo importante es " defender el modelo democrático-liberal". Pero la situación no es tan sencilla. 

Este liberalismo académico, como su propio nombre lo dice, es estrictamente un debate de "cafetín", con nombres y apellidos específicos y sin ningún impacto en la arena política, social o empresarial del día a día. Más aún, ninguno de estos liberales, sea de derecha o de izquierda, realmente representa a un grupo importante del electorado peruano. Y esto se explica por una razón muy sencilla: el liberalismo intelectual peruano es tan académico que no tiene ni partido, ni movimiento social, menos aún organización política o económica. No representan a la CONFIEP, ni a los sindicatos, ni a las asociaciones de productores, ni a grupos regionales específicos, ni si quiera a las ONG's (como algunos podrían pensar). Sólo representan una posición muy particular que en los medios de comunicación se difunde, se elogia o se "twittea", pero que no va más allá del discurso. Es un pensamiento sin acción; es decir, un liberalismo "teórico": un vaso de agua medio vacío, o medio lleno; un paraguas  poroso, un ceviche sin ají. Las analogías abundan. 

Si esa es la situación del liberalismo académico, entonces dónde se encuentra el liberalismo real. Tomando en cuenta los puntos anteriores, el liberalismo real existiría en lo que Hernando de Soto y Matos Mar ya han descrito desde hace muchos años atrás: en los sectores populares emergentes. Pero no sólo en ellos, sino también en las empresas medianas y grandes. Pero, como toda realidad es más compleja que la teoría, fue lo que más aprendí del profesor Guillermo Rochabrún, el liberalismo real -y encima a la peruana- no funciona como las teorías de Popper, Von Hayek o Von Mises; y menos aún como Walzer, Isaiah Berlin o Judith Shklar. El liberalismo peruano está mucho más cerca a ese liberalismo tan primario y precario que describió hace muchas décadas Adam Smith: es un liberalismo profundamente economicista, corto-placista, egoísta y, en su mayoría de veces, que responde a la oferta y la demanda. Es un liberalismo, que aunque no parezca en la teoría, se mueve en la realidad con la mano invisible del mercado. 

En ese sentido, sociológicamente podemos decir que las ideas liberales clásicas están siendo adoptadas como nociones y sentidos comunes precarios dentro de las empresas pequeñas que, por ejemplo, pasan del mundo de la informalidad a la formalidad. Pero también dentro de las empresas medianas y grandes, en donde cada vez más se valora la importancia de la libertad de empresa para el desarrollo nacional. Pero como imaginarán, hay un gran ausente en este liberalismo real: el Estado de Derecho. Y es que dentro del mundo de las empresas y los negocios, el liberalismo constitucionalista surge como el marco legal en el cual deben cumplirse las reglas de juego del mercado y del derecho anglosajón. En ese sentido, las grandes corporaciones son las que más han asimilado el liberalismo tanto económico como legal, ya que hay más consciencia de la importancia de la transparencia en los informes financieros contables, el cumplimiento de las auditorias y la tributación hacia el Estado peruano. Es por eso que son las grandes empresas las que más hablan del mercado y el Estado de Derecho. 

Sin embargo, en el mundo empresarial micro y pequeño, las nociones normativas y constitucionales del liberalismo económico no han sido asimiladas del todo por una sencilla razón: es muy difícil cumplir las normas y ser competitivo al mismo tiempo. En ese sentido, la informalidad como cultura y como acción económica aún se mantiene en el mundo empresarial emergente, por lo cual siempre hay formas creativas de esquivar la ley: doble facturación, evasión fiscal, etc. Pero ese es el horizonte liberal real que se sigue tejiendo y que pujantemente se ve día a día en el terreno de la calle, los centros comerciales minoristas, los conos de las ciudades y el comercio ambulatorio. Si uno quisiera conocer este liberalismo incipiente y creciente, basta con ir a comprar (no a visitar) a Gamarra o el mercado de productor hebanistas en Villa María del Triunfo. Aunque, personalmente, creo que donde se ve esta ferocidad con más vitalidad es en el mercado de Huamantanga en Puente Piedra. Vaya que este distrito dará mucho que hablar en los próximos años, porque su asimilación del capitalismo citadino es tan brutal y despiadado que hasta el mismo Adam Smith se sorprendería de los resultados de su teoría económica. 

Para terminar, hace poco le pregunté a un pequeño comerciante ambulatorio qué era para él la libertad. Sinceramente esperé una respuesta trivial. Pero todo lo contrario. Me lo resumió así: "que me dejen trabajar y que me dejen ser yo mismo". Aunque él no lo sepa, su concepción de la libertad está muy cerca al concepto de "libertad negativa" de Benjamin Constant. Todo eso quiere decir que el horizonte liberal en el Perú debe construirse de abajo hacia arriba, no desde las teorías hacia la realidad. 

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lunes, 25 de febrero de 2013

TRES MITOS ECONÓMICOS DEL MARXISMO

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Por: Carlos Eduardo Pérez Crespo


En los tres primeros capítulos del texto “La Riqueza de las Naciones" de Adam Smith podemos encontrar el surgimiento teórico del individuo económico-político. Uno de los mitos más extendidos sobre estos primeros capítulos ha sido dado por los marxistas, debido a que se decía que los economistas modernos, como Adam Smith o David Ricardo, habían pensado que la sociedad se creó como un símil de Robinson Crusoe: desde un individuo que hace una civilización. Sin embargo, esta caricatura marxista muy extendida no tiene cabida en el mismo texto que Smith sistematizó. Empezaremos derrumbando tres mitos teóricos del marxismo sobre el individuo económico-político en Adam Smith. 

Los marxistas asumen que ellos y sólo ellos crearon una teoría económica sobre el trabajo como variable independiente del mundo de la producción. En la introducción a “La Riqueza…” Smith menciona claramente que su análisis se enfoca en la división del trabajo, que a su vez es creado gracias a una inclinación natural de los hombres al intercambio. La división del trabajo se explica por la especialización que necesita la producción capitalista, pero además por la aptitud, destreza y sensatez de cada uno de los individuos. En ese sentido, algunos nacen con un mayor talento para la alfarería que para la herrería. Pero todos ellos aportan con su destreza y talento a la producción al intercambiar bienes. En ese sentido, la teoría del trabajo está presente como una forma de explicar la satisfacción de las necesidades del ser humano. Es cierto que aquí no existe una teoría del trabajo "alienado", pero la respuesta es que desde la perspectiva liberal de la inclinación de los hombres al trabajo, la alienación no sería posible: todo trabajo tiene un retorno cualitativo o cuantitativo. La respuesta al trabajo alienado no está en Smith, debido a que de eso se encargaron teóricos más contemporáneos como Von Mises y Nozick.  

Los marxistas asumen que los liberales económicos piensan que los hombres son seres racionales: el mito del homo economicus. Este punto es el más interesante porque Smith afirma que el hombre es un ser con Logos. Si nos atenemos al significado exacto de Logos, este proviene del griego antiguo y tiene la denominación de discurso o palabra. Mientras que la razón o el conocimiento tendría otra palabra apropiada: nous, palabra extendida en su uso por Inmanuel Kant. En ese sentido, los liberales económicos como Smith planteaban que el hombre tenía la predisposición al intercambio no por ser racional, sino por su capacidad de lenguaje y discurso, lo cual le permitía cambiar bienes. Es interesante anotar que el mismo Smith señala que esta inclinación al intercambio tiene un componente irracional, porque es una inclinación natural del hombre. Es decir, efectivamente hay una concepción ontológica del ser humano como capaz para satisfacer sus necesidades con arreglo y ayuda de los otros a su alrededor. De este modo, el mito de Robinson Crusoe sería un absurdo para Smith. 

Los marxistas asumen que el liberalismo económico es individualista y despreocupado del bien común, por lo cual desprecian el rol del Estado. En el capítulo tercero de “La Riqueza…” se aborda las consecuencias que tiene este tipo de sistema de producción capitalista en el cual los individuos se especializan en su labor por la división del trabajo. Y el punto central que permite que exista el mercado es la cooperación. En realidad para Smith es inconcebible que los individuos puedan satisfacer sus necesidades si no es en la cooperación para la producción y el intercambio. Por ejemplo, la fabricación de una chaqueta requiere una cadena de operaciones e individuos, tales como el ganadero, el trasquilador, el curtidor, el tintorero, el comerciante, los re-vendedores, el exportador, el transportista, entre muchos más. Es cierto que el motivo para este intercambio es el egoísmo y el beneficio individual. No obstante, lo que se impone en el mercado no es dicho egoísmo, sino la cooperación y el interés de que todos se beneficien de una parte. Es cierto que no todos ganan lo mismo (si hablamos en términos monetarios), pero todos satisfacen una necesidad para la cual había una predisposición al intercambio. 
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domingo, 17 de febrero de 2013

LA RELACIÓN ENTRE LA POLÍTICA Y LOS NEGOCIOS

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Por: Carlos Eduardo Pérez Crespo

Hace unos días conversaba con una amiga que tiene deseos de hacer política. Ante ello mi primera pregunta fue por qué. Aducía que con la política uno podía hacer mucho más cosas por la gente y la sociedad. Por ello su duda principal era cómo iniciar su carrera o actividad política en el Perú. De este modo, me comentó que algunos amigos le habían recomendado asistir a reuniones o eventos de organizaciones políticas. En específico, que participara en actividades políticas de organizaciones en donde ella se sintiera más acorde a sus ideas y pensamientos. Es decir, asociarse a un grupo que estuviera más cerca de su ideología política. Mi primera reacción ante esta conversación fue concreta: “no te unas a un partido u organización política; por el contrario, dedícate a hacer empresa y negocios”. Mi afirmación, aunque parezca descabellada para el sentido común de los politólogos, se fundamenta en tres ideas.

La política y los negocios tienen más parecidos que diferencias. En primer lugar, si seguimos la definición de Max Weber o Julien Freund de la actividad política como la lucha de poder y dominio entre grupos de individuos, podemos decir que los negocios consisten día a día en esa misma actividad. Las empresas se enfrentan diariamente en una lucha por las ventas, la publicidad y el poder político. Vale decir, fuera de los muros de las empresas hay una lucha constante por el poder en la arena del mercado, con el lanzamiento de nuevos productos o el enfrentamiento hacia los productos de los competidores. Pero no sólo eso. Las empresas también libran batallas de poder político dentro de la misma estructura organizacional empresarial. Por ejemplo, hay pugnas de poder entre las gerencias y áreas dentro de la empresa, sea por protagonismo, liderazgo o por proceso de reingeniería institucional: vaya a ver uno el ambiente de las oficinas cuando se produce la evaluación del clima laboral. Además de ello, así como en la política, las empresas tienen su propio soberano con capacidad de "decisionismo": el Chief Executive Officer (CEO). En ese sentido, la actividad política del poder y el dominio es algo inherente dentro y fuera de las empresas y los negocios, por lo tanto si se quiere conocer lo político en acción y movimiento, hay que estar dentro de una empresa para sentirlo en carne y hueso.

En segundo lugar, tenemos la definición de Carl Schmitt sobre la política como una situación similar a la guerra. Dicho autor entendía que la política libraba batallas distinguiendo amigos y enemigos, en el cual se manifiesta la eliminación mutua en situaciones de conflicto. A diferencia de dicha analogía, en la competencia entre las empresas no se utilizan las armas para la destrucción física. Pero aunque no se vean disparos y balas de por medio entre los edificios de las corporaciones, éstas sí se encuentran en una guerra constante de eliminación amigo-enemigo. Hay muchas guerras libradas en la historia de los negocios. Algunas son tan clásicas, como la recordada guerra entre Coca Cola y Pepsi por el mercado de las gaseosas. Otra fue el escándalo que estuvo detrás del complot para destruir el mercado de Tylenol en los Estados Unidos. Pero actualmente se realizan guerras mucho más millonarias y complejas, como la que libran Apple y Samsung por el mercado tecnológico, en donde se libran juicios y querellas por patentes tecnológicas. Para Schmitt, como para Maquiavelo o Hobbes, las guerras necesitaban buenas armas, líderes carismáticos y estrategias bélicas. En el mundo de los negocios tenemos lo mismo, pero en vez de marines o soldados rasos, se cuenta con un ejército de abogados, publicistas y gerentes que tienen como objetivo principal hacerle la vida imposible o eliminar cualquier espacio a la competencia. Asimismo, tal y como lo menciona la escuela neorrealista de Kenneth Waltz, no hay mejor guerra que la preventiva: no ataques a quien tiene más poder que tú en la estructura del mercado, vas a perder y en creces. En resumidas cuentas, si quieres saber cómo se libra una batalla en el terreno de lo político, basta con estar dentro de una batalla empresarial. 

En tercer lugar, en la política y en los negocios se lucha constantemente con lo inesperado. Es célebre la descripción que hace Maquiavelo sobre la Virtud y la Fortuna: los príncipes pueden conquistar nuevos reinos por sus dotes y dones, pero también por el azar y mala suerte del contrincante. En el caso de los negocios, las empresas y sus directivos se enfrentan día a día con situaciones ligadas a la buena o la mala fortuna. Es cierto que para reducir los riesgos existe el planeamiento estratégico -totalmente básico dentro de los estudios de administración de empresas. Pero hay que ser realista. En los negocios y en la política existe el factor sorpresa. Por ejemplo, un gerente comercial siempre está enfrentándose al peligro de que las ventas se reduzcan por una crisis en el mercado internacional o por el encarecimiento de las materias primas o insumos para la producción. Actualmente está pasando ello mismo con los exportadores peruanos, que están lidiando con la inesperada apreciación del sol en el mercado nacional. Del mismo modo, un político siempre se enfrenta a los vaivenes de las crisis de gobierno, como son los escándalos de corrupción, conflictos internos inesperados o el fallecimiento de líderes fundamentales para los acuerdos políticos (casos de asesinatos en política abundan). Así, tanto el empresario como el político tienen una labor fundamental: resolver en el día a día problemas de todo tipo. Esto le da a ambos la habilidad de ser profesionales con una muy alta capacidad de gestión e improvisación para resolver situaciones adversas.

Después de esta interesante conversación mi estimada amiga se convenció de que era cierto lo que hablábamos: hacer negocios era muy parecido a la actividad de hacer política. No haía necesidad de afiliarse a un partido político: por el contrario, personalmente pienso que la política ya no está en los partidos. Así que agregamos un punto adicional que es uno de los más dramáticos de ambas actividades. En los negocios algunas veces sucede que no se quisiera atender a un cliente o a una empresa porque sencillamente no soportas su existencia o su forma de trabajo. No obstante, como es inevitable hacer negocios, tienes que desarrollar un sentido muy real de tolerancia: no te gusta, pero a pesar de eso no le niegas el derecho de obtener tus mercancías a un precio justo. En la política acontece la misma situación, porque hay que lidiar con líderes o personalidades que se encuentran en las antípodas de nuestros pensamientos e ideas, pero que representan a un sector importante de la población, por lo cual tienes que desarrollar una tolerancia bastante real y sociológica si deseas obtener resultados eficientes. 

Hay un punto bonus track en esta reflexión: en la política corre mucho dinero de por medio. En el mundo de los negocios las personas aprenden a tener una relación bastante fría con los asuntos del dinero, lo cual es una buena lección para el ejercicio del poder político. Pero esta relación entre dinero, negocios y política la dejaremos para nuestra próxima entrega. 
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lunes, 7 de enero de 2013

¿POR QUÉ NOS EQUIVOCAMOS TANTO LOS POLITÓLOGOS?

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Por: Carlos Eduardo Pérez Crespo


Se dice que los politólogos suelen “patinar”. Para los que no saben qué es “patinar”, sin ánimos de hacer una exégesis del “Habla Culta” de Martha Hildebrandt, el verbo se refiere al hecho de equivocarse reiteradamente y de manera torpe. Hace tiempo quería presentar algunas reflexiones sobre por qué los politólogos nos equivocamos siempre en nuestras predicciones y explicaciones de escenarios o fenómenos políticos. Una de las predicciones erradas más célebres: “Humala no pasa a la segunda vuelta de las elecciones del 2011. Ya fue”. Aunque esta otra tampoco se queda atrás: “Humala representa un modelo de izquierda moderna (tipo Lula da Silva) en el Perú”. Bueno, no quería hacerlo, pero no puedo evitar mencionar esta: “Keiko no tiene posibilidades como candidata presidencial”. Creo que la razón de tanta “patinada” está en tres principales razones que pasaré a esbozar muy brevemente.

Para empezar por soberbia. Los politólogos creemos que lo sabemos todo sobre lo político y que sólo nosotros tenemos la verdadera piedra filosofal sobre los fenómenos políticos, lo cual hace que tendamos a despreciar explicaciones desde variables sociológicas, filosóficas, culturales o antropológicas. Pero este defecto está en el mismo corazón de la disciplina. Es gracias –o también se podría decir por desgracia – al politólogo italiano  Giovanni Sartori que desde los textos más básicos de ciencia política se enseña que lo político es un fenómeno analíticamente autónomo, distinto y claramente investigable, capaz de explicarse a sí mismo desde las instituciones (diseño institucional), los actores políticos (la teoría de la agencia) o los incentivos o castigos (el neo-institucionalismo aplicado al análisis de las políticas públicas).  Supuestamente dicen que esto lo inició Maquiavelo. Pero basta con leer “Los Discursos de Tito Livio” para demostrar que no es cierto. El problema es que esto hace que los politólogos nos sintamos autosuficientes desde nuestras teorías que a todas luces son muy débiles: ¡Vaya que hay que ser demasiado cuadriculado para pensar que lo político sólo pasa por las instituciones!

En los cursos de metodología, que he tenido la oportunidad de enseñar por algunos años en la PUCP y la UARM, usamos distintas herramientas para minimizar nuestros errores en la medida de lo posible. Pero como profesor de métodos debo admitir también que nuestras armas metodológicas tienen una serie de vacíos muy difíciles de esconder. Hacemos magia, pero no milagros. Por ejemplo, mis alumnos siempre me han  preguntado en qué se basa nuestro criterio para operacionalizar variables o utilizar ciertos indicadores y no otros, porque muchas veces parece que se hiciera al libre antojo y albedrío. Lo cual nos lleva siempre a la misma conclusión: los enfoques de la ciencia política para entender lo político muchas veces son bastante limitados y tenemos la soberbia de no admitirlo.

La segunda razón es el desconocimiento de las ciencias económicas. No es un secreto que los politólogos han copiado mucho del método científico de la economía. De hecho en su libro sobre método y ciencia, Sartori dice explícitamente que la economía es el modelo de ciencia a seguir de la ciencia política. Esto ha causado que los politólogos abracemos con mucha fuerza los métodos cuantitativos, asumiendo que eso hará más sólidos nuestros hallazgos empíricos. Pero lo cierto es que los politólogos en su mayoría se han amparado más en los modelos de la estadística descriptiva y probabilística bayesiana que en los modelos matemáticos de la microeconomía y la macroeconomía. Esto tiene una sencilla razón de ser: los politólogos saben aritmética, pero no álgebra que es, al final de cuentas, la madre de las ciencias económicas.

Esto hace que los modelos cuantitativos que los politólogos establecemos tengan siempre “márgenes” de error. Y para mala suerte –o por tercos en realidad- siempre los resultados están un poco más allá de nuestra aceptable margen de error. En cambio los modelos algebraicos de la econometría y las teorías micro y macro económicas suelen ser mucho más exactos. Esto hace que la imitación de la ciencia política a la economía sea en verdad bastante reduccionista y muchas veces caricaturesca. Para decirlo con todas sus palabras, un análisis de las elecciones presidenciales con Pearson o Chi cuadrado no se compara a la complejidad del modelo Mundell-Fleming,  el modelo Oferta Agregada-Demanda Agregada o el modelo de Okun. En ese sentido, a los politólogos nos falta mucho que aprender sobre los modelos cuantitativos de alto calibre para poder hacer predicciones más exactas. De lo contrario, nuestras teorías seguirán pareciendo una caricatura de la economía, o peor aún una hermenéutica postmoderna muy mal elaborada.

Por último, y no menos importante, nuestros errores son mucho más notorios porque muchos de mis colegas son excesivamente poseros –no todos por supuesto, hay algunos que son tan perfil bajo que merecen tener un monumento desde su anonimato. Creo que un fenómeno reciente es el hecho de que algunos politólogos, enfatizo la palabra “algunos”, tengan una excesiva exposición en los medios de comunicación, con una actitud un poco arrogante sobre la explicación de los fenómenos políticos. Además, siempre hablan de todo un poco y no entiendo por qué. Si cae una bomba en Siria, hablan. Si revocan a Villarán también. Si Gregorio Santos se tropezó con una piedra tienen que analizarlo. Y si Humala mañana se resfrío pues tenemos que comentarlo. Hemos llegado al absurdo de comentar sobre la “viabilidad” de tener un Presidente influenciado por su esposa. Lo cual hizo que en unos de mis cursos un alumno me preguntara si había una teoría política sobre las primeras damas. No me molestó la pregunta, en absoluto, pero debo decir que… ¡Todo eso es una maldita locura! ¿Qué acaso somos eruditos para saberlo todo? No lo creo.

No es por ofender a nadie, ya que por supuesto que me enorgullezco de ver a mis colegas triunfar con la oportunidad de salir en la TV, pero no puedo negar que siempre siento un tufillo de arrogancia o soberbia cuando los veo hablar de política. Al escucharlos siento como si los politólogos en realidad estuvieran pensando “Muchachos, se acabó el recreo y el vacilón, ahora viene la explicación política de verdad: la explicación del politólogo”. Esto es a todas luces absurdo y no entiendo por qué hemos causado tal sensación. Es desagradable y antipática. Sólo me queda totalmente claro que la ciencia política no es una ciencia arrogante per sé. Por el contrario, es muy escéptica. Así que este fenómeno del politólogo sobre-expuesto a los medios tendrá que encontrar en su momento una moderación, ya que a la larga puede ser perjudicial para todos aquellos politólogos que quieren hacer una carrera alejada de los medios de comunicación. Además que para ser analista político no necesitas ser politólogo. Sólo necesitas ser muy erudito y tener muy buen sentido del humor –o ser el dueño de un medio de comunicación, por supuesto.

No quiero terminar este post sin antes dar una razón adicional o “bonus track”: los politólogos nos equivocamos mucho porque nos ufanamos demasiado de nuestra capacidad para gestionar. Pero en realidad no hemos gestionado mucho. La única manera de aprender gestión pública es haciendo política o haciendo negocios. Es la triste y dura realidad. 
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sábado, 5 de enero de 2013

“SOY ACADÉMICO, PERO A NADIE LE IMPORTA”

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Por: Carlos Eduardo Pérez Crespo

Esa frase me la dijo un amigo filósofo que además piensa que la aspiración a la profesión académica en el Perú es irreal y bastante absurda. Su cuestionamiento se basa en tres principios. Primero, que aquellos que se llaman académicos en el Perú en realidad no son tales, sino solamente profesores universitarios de tiempo completo con algunas labores de consultoría o investigación. Asimismo, hace una distinción entre el gusto y placer por el estudio, y la investigación y la profesionalidad académica. En concreto sepultaba con la siguiente frase: “si te gusta estudiar, pues hazlo, pero no conviertas tu gusto en profesión”. Por último, mi estimado amigo planteaba lo irreal del campo laboral académico, debido a que no existen en el Perú centros de investigación o Think Tanks como en los EEUU o Europa. En conclusión, mi estimado amigo me decía que una verdadera profesión académica no podía existir en un país subdesarrollado como el Perú, sino sólo en países desarrollados, debido a que los académicos en estos países tienen los recursos, las herramientas y el espacio adecuado para su correcto desenvolvimiento profesional.

Frente a estas críticas hay que admitir que los tres puntos son ciertos. Pero hay que hacer una distinción adicional: el académico peruano tampoco es un intelectual. El intelectual es aquél que ha dedicado su vida al estudio y la investigación, pero que además está involucrado a un proyecto o ideología política. Es decir, un intelectual realmente representa a grupos de interés, colectivos y poderes fácticos. En el Perú podemos notar que ningún académico tiene tal posición. Y es por esa razón que no existen intelectuales liberales, como se ha estado sugiriendo en algunos artículos en los medios, ya que si de verdad existiesen tales, las empresas privadas serían las primeras en verse representadas en tales voces. Lo cual a todas luces no es cierto, porque ni en las corporaciones ni en Gamarra suenan los "intelectuales" liberales. Valga el énfasis: ningún académico peruano tiene la capacidad para influir en las decisiones de los empresarios corporativos, Mypes, Pymes, medios de comunicación, oficiales de las fuerzas armadas, autoridades eclesiásticas, entre otros. En realidad estos actores sólo son influenciados por actores políticos o económicos, pero no por los académicos.  En ese sentido, el académico en el caso peruano está condenado a observar y describir los fenómenos desde su escritorio o la ventana de su oficina, sin capacidad alguna para influenciar en la toma de decisiones; más aún porque sus investigaciones, artículos o producción tienen un impacto muy débil o tenue en las decisiones cruciales del país.

La razón de esta posición de desventaja del académico se basa en tres puntos adicionales. Para empezar el académico está totalmente entregado al conocimiento, pero no da las herramientas o el “know how” para gestionar situaciones políticas o económicas, como por ejemplo la resolución de conflictos sociales. Es decir, “conoce mucho, pero no ha hecho casi nada”, debido a que no tiene ninguna experiencia en las dos arenas más importantes del poder: la política y los negocios. Por otra parte, el público para el que escribe es totalmente reducido, incluso cuando sale en la televisión. Sus principales lectores u oyentes son fundamentalmente sus estudiantes más aplicados, colegas de la misma profesión o afines y algunas personas interesadas en el tema. En resumen, un grupo de nerds. Es la verdad. Si hiciéramos un conteo, realmente los académicos tienen un público muy pequeño que realmente ha leído y comprendido sus textos.

Además de estas críticas interesantes, mi amigo filósofo me mencionó alguna vez que lo peor de todo el asunto es que los académicos piensan –o quieren creer- que ellos son importantes para la sociedad. En un post anterior mencionamos que realmente lo son, porque contribuyen al conocimiento desde las universidades o las instituciones a las cuales están involucrados. Pero hay que poner las cosas en su lugar. Ninguna empresa o institución quebraría o desaparecería si los académicos no existieran. Si por alguna razón del universo los abogados, administradores, economistas e ingenieros desaparecerían de la faz de la tierra, y sólo quedasen los académicos, el mundo dejaría de funcionar por tres razones. Los académicos se preguntarían por qué desaparecieron todos. Luego buscarían hipótesis para explicar el fenómeno. Y por último plantearían teorías al respecto. Pero cuando todo eso ocurra, los académicos se habrían quedado solos en el mundo.

Finalmente, una de las frases que más me impactó de mi amigo filósofo es que él realmente sí se considera un académico. Esto puede parecer contradictorio por el perfil profesional que tiene. Para empezar, mi estimado amigo no enseña en ninguna universidad, no ha publicado ningún libro ni artículos en journals peer review. Asimismo, nunca ha sido un personaje que aparece en los medios de comunicación. Ante esto le pregunté por qué se considera entonces un académico, ya que todo lo que no hace es lo que supuestamente define a los académicos en el Perú actual. Me respondió que se consideraba académico porque simplemente le gustaba estudiar en su vida diaria. Y realmente eso lo hace libre, porque su pensamiento no está sometido a ninguna institución, posición política ni apoyo económico de ningún grupo de interés. Me puse a pensar que si realmente  es un académico, entonces es en serio que a nadie le importa lo que hace. Pero lo curioso es que es justamente esto lo que lo hace libre y erudito. Definitivamente Zaratustra estaba en lo correcto.   
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domingo, 16 de diciembre de 2012

EL DEBER DE LOS ESTUDIANTES ES REBELARSE CONTRA SUS PROFESORES

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Por: Carlos Eduardo Pérez Crespo

Una de las cosas más curiosas de la docencia es la expectativa que tienen los estudiantes hacia sus profesores. A pesar de que el sistema educativo universitario está cambiando con las nuevas tecnologías de la información, el rol de superhéroe de los profesores se ha mantenido en el tiempo. Sin embargo, en general el error más grande de los profesores está en desearles a sus alumnos lo que ellos creen que es correcto; y el error mayor de los estudiantes es hacerles demasiado caso a sus profesores. Expliquemos un poco esto.

El rol principal del profesor es transmitir conocimiento a los estudiantes. Pero los profesores son conscientes de que cuando se comunica el conocimiento, también se está inculcando una visión ética sobre el mundo. Esto quiere decir que cuando un profesor universitario realiza una exposición y comparte la información que ha venido acumulando a lo largo del tiempo, no sólo está transmitiendo conocimiento, sino también una visión ética sobre los sucesos que narra. De esta manera, cuando un profesor explica hechos como los gobiernos de Velasco o Fujimori, no sólo está contando lo que pasó, sino que detrás de esa historia está la visión que el propio profesor ha comprendido y procesado al respecto. El alumno no siempre detecta esta visión ética sobre las cosas, pero es su deber detectarla y criticarla.

Uno de los errores más comunes está cuando el alumno no refuta al profesor. De algún modo esta actitud proviene del colegio, donde el profesor es una especie de Obi-Wan Kenobi  que no puede decir “no lo sé”. Y esto está mal. Los profesores deben admitir cuando hay un límite a su conocimiento, sin temor a que los alumnos lo reprochen. Pero el deber de los estudiantes debe ser siempre rebelarse contra sus profesores. Para ello deben seguir las ideas que Inmanuel Kant mencionaba en ¿Qué es la ilustración?, donde se narra que lo más importante es usar tu propia razón e ir contra la corriente, porque solamente eso garantiza la autonomía y la libertad de pensamiento. Si un profesor te define la democracia como el gobierno “menos malo entre los que hay”, uno debe preguntarse por cuáles son esos otros y comprobar si realmente es cierto. Por cierto, muchos estudios han demostrado que no hay correlación entre la democracia y el mayor desarrollo económico, la menor corrupción ni los menores conflictos bélicos.  Asimismo, si el profesor dice que el neoliberalismo creó desigualdades y más pobreza en América Latina, el estudiante debe revisar data, cifras y leer si lo que dice el profesor es o no cierto: muchos informes demuestran que la década de los 90’s fue de recuperación y mayor crecimiento del PBI per cápita en el Perú.  

Una de las formas más fáciles de detectar los sesgos académicos de los profesores es a través de los Syllabus. Por ejemplo, si un curso de economía está lleno de autores como Amartya Sen, Joseph Stiglitz, Paul Krugman o Joseph Cohen, muy difícilmente el curso del profesor valorará otros enfoques interesantes como la escuela Neoclásica o la Escuela Austríaca de Von Mises o Von Hayek, ya que estos están a favor de políticas de desregulación estatal y mayor autonomía para las empresas privadas. De esta manera, el estudiante puede detectar los sesgos y las limitaciones del enfoque de la enseñanza de sus profesores, lo cual le permitirá buscar a los autores rivales y contrarios, beneficiándose del debate y los puntos álgidos de discrepancia. No obstante, hay que admitir que muchos profesores no son tan abiertos a esta discusión. Lo normal del asunto es que un profesor especialista en Marx desprecie los enfoques neoclásicos -y viceversa. En ese sentido, los profesores llevan una gran carga ética porque depende de lo que enseñen y cómo lo enseñen los alumnos se formarán un juicio sobre lo económico, lo social y lo político.

Por otra parte, la razón principal por la que los estudiantes no deben fiarse de sus profesores es porque deben ir más allá de lo académico si es que quieren tener éxito en su vida profesional. Como dijimos en un artículo anterior, lo bueno de los académicos es que están en las universidades, pero lo malo de ello es que pasan tanto tiempo allí que están desligados del mundo de la vida cotidiana del poder, que fundamentalmente está en la arena de los negocios y lo político. En ese sentido, los estudiantes deben creer sólo un pequeño porcentaje de lo que dicen los profesores en clase (pongamos un 10%). El resto deben buscarlo por sus propios medios, sea en libros, revistas, otros testimonios, etc. Un verdadero profesor no debe ponerse feliz cuando los estudiantes repiten todo lo que ha dicho en clase al momento de tomar un examen, sino cuando el estudiante ha encontrado un argumento muy sólido que refuta el contenido del curso. 

Finalmente, un error común de los estudiantes es pensar que un post-grado en una universidad extranjera es beneficioso para su vida profesional. Este modelo es inculcado por los profesores universitarios porque son ellos los que han seguido este modelo o paradigma. Lo cierto es que fuera de las universidades muchas personas se dedican mucho más a otro tipo de cosas que generan mucho valor. Por ejemplo, muchos están abocados a cómo iniciar proyectos nuevos, crear cosas innovadoras, como inventos o formas creativas de solucionar  problemas contemporáneos, o iniciando empresas o instituciones para el desarrollo del país. A lo que queremos llegar es que los profesores no son un modelo profesional a seguir. La única manera de hacerse uno mismo el camino, es estando en contra de los profesores y en buscar algo que a uno realmente le apasiona. Por cierto, escribo todo esto como profesor universitario porque siempre he admirado la rebeldía de mis estudiantes hacia mis lecciones dentro de las aulas. Ellos creen que les he enseñado muchas cosas, pero en realidad yo he aprendido mucho más cuando se rebelaban contra mi forma de pensar. 
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