domingo, 11 de diciembre de 2011

DE HUMALA TENÍAMOS DUDAS, AHORA TENEMOS PRUEBAS

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Carlos Eduardo Pérez Crespo

La intempestiva renuncia de Salomón Lerner de la Presidencia del Consejo de Ministros ha causado una serie de reacciones impensadas hasta hace unos meses atrás. Los que votaron por Humala en la segunda Humala ahora se sienten decepcionados, más aún porque tienen que admitir que la promesa de la “gran transformación” sí les despertó expectativa y entusiasmo. Humala había nacido para ser el nuevo “Lula lorcho”. Asimismo, y para decirlo con todas sus palabras, este podría haber sido el gobierno perfecto para la izquierda democrática, el boom de las ONG’s y sus negocios de las consultorías, y los técnicos con “conciencia cívica” que mueren por adquirir prestigio y presencia en la política nacional. Sin embargo, las cosas no han sido así y las premoniciones del profesor Levitsky sobre el “giro a la izquierda” en el Perú tampoco se han dado. Por el contrario, la izquierda democrática ahora está preocupada por los últimos sucesos en Cajamarca y la supuesta “militarización” del gobierno, ya que nada de lo que acontece ahora se parece ni a Lula ni a alguna remota idea de lo que un gobierno de izquierda democrática pudo ser.

Del mismo modo, lo que más les molesta a los que votaron por Humala en la segunda vuelta es que los cambios en el gobierno han sido tomados con una positiva sorpresa por los sectores más conservadores. Si es que leyésemos las columnas de Fritz Du Bois o Aldo Mariátegui antes de la segunda vuelta notaríamos que el miedo hacia Humala era porque este encarnaba un cambio radical en la política económica, que podía poner en peligro los TLC’s y el modelo de crecimiento fundamentado en el libre comercio exterior y el apoyo a la inversión extranjera, sobre todo en el área de la industria minera y gasífera. Este miedo descansaba en que Humala podía tener en el fondo un proyecto autoritario chavista, que al final terminaría alineándose con las casas del ALBA. Nada de esto ha pasado. A poco más de seis meses, ahora estos columnistas apoyan las medidas del gobierno sobre el estado de emergencia en Cajamarca y el que se expectoren a los centro-izquierdistas del gabinete ministerial. ¿Es que acaso no es contradictorio que los que antes le temían a Humala ahora lo vean como un nuevo Fujimori? ¿No es contradictorio este entusiasmo del Humala con “mano dura”?

Vayamos por partes. Para empezar Humala no tiene ningún proyecto ni de izquierda ni de derecha. Así que los cambios en el gobierno no deberían causar ningún entusiasmo para nadie que piense en un proyecto serio de centro-derecha en el Perú. Lo único que Humala quiere lograr es salir lo mejor posible en el corto plazo, para lo cual utiliza lo que está a la mano y para lo que está diseñada la burocracia estatal: mantener el modelo macroeconómico y aliarse con los poderes fácticos. Es lo mismo que se viene haciendo desde hace 10 años con Toledo y García, e incluso con Fujimori. Si por un momento adoptamos la lógica de la "elección racional", habría que pensar en cuáles podrían ser los incentivos que tendría Humala para realmente hacer una gran transformación. ¿Qué ganaría? ¿Por qué tendría que hacerlo? Hacer estos cambios, para un giro a la izquierda, implicaría pelearse con la CONFIEP, reordenar los contratos con las mineras, reorganizar el aparato productivo nacional, pelearse con los capitales extranjeros y, sobre todo, luchar contra las imposiciones del FMI y el Banco Mundial. Por qué un Presidente, de formación militar además, sin partido, sin cuadros políticos y sin una base social fuerte tendría que hacer todo esto. Moriría en el intento, y eso no vale la pena en la política peruana.

La derecha económica en el país ha sabido leer estas limitaciones y ha sacado mucho provecho del asunto. Por esa razón, a pesar de que no ganan elecciones, al final pueden gobernar con mucha comodidad, presionando desde los medios de comunicación, las empresas y los militares. Sin embargo, el gobierno de Humala tiene algo más que le da un carácter muy parecido a lo que representó Fujimori en su momento: ha vuelto a despertar el sentido común autoritario de los 90's. Es decir, ha resurgido la simpatía de los que, independientemente de ser de izquierda o derecha, ven con buenos ojos que se aplique el “decisionismo” y la “mano dura” en el país. Después de leer las columnas de varios colegas y profesores veo que eso despierta cierto temor. Y es obvio, porque todos ellos aman la democracia liberal. Por lo cual ahora se apela al llamado “voto vigilante”. Desde nuestro punto de vista, la mano dura y las decisiones eficaces pueden ser muy populares, y lo demostró Fujimori a lo largo de los 90's. El país ha cambiado mucho desde aquél entonces, pero las estructuras sociales autoritarias demoran mucho tiempo en transformarse. Si es que Humala sigue este camino de confianza en los militares y empresarios, y profundiza mucho más las políticas sociales (por ejemplo la Pensión 65), podríamos estar ante un neo-fujimorismo: estabilidad del modelo económico, mano dura con la protesta social y los remanentes de Sendero y un discurso “técnico” sobre cómo se toman las grandes decisiones en el Poder Ejecutivo.

Es decir, de Humala teníamos dudas, ahora tenemos pruebas: es como si hubiese ganado Keiko Fujimori.
 
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